lunes, 20 de febrero de 2012

Riqueza


Me pasa una cosa muy curiosa. Cuanto menos tengo, más rica me siento. Porque cada peldaño que he bajado me ha servido para asentar más los pies en la suelo. Tal vez cuando camine descalza y sienta la energía de la tierra subiendo por mis piernas, inundando mi cuerpo sea yo misma de verdad, sin adornos, sin afeites. Me siento como un folio blanco donde poder escribir versos, hermosas historias, canciones de amor, el teatro de la vida. Me siento como un lienzo blanco, donde poder dibujar con pinceladas suaves un maravilloso paisaje de mar, o la colina majestuosa de la Alhambra. Siento que mi alma es una esponja, impaciente por empapar tantas cosas que querría aprender, experiencias no vividas que los demás me cuentan y que yo quiero disfrutar, aunque soy consciente de que no puedo recuperar el tiempo perdido, precisamente por eso quiero no perder más ni un minuto en no vivir.
Pensé que nuca más podría tener amigos, y me equivoqué, sólo tengo que buscar en otros lares, en otras plazas, porque siempre hay gente dispuesta a compartir, necesitada de dar calor y de recibir sonrisas. Estoy contenta, porque cuanto menos necesito más llena me siento.
Dijo Violeta Parra: Gracias a la vida, que me ha dado tanto... Sólo hay que observar lo que nos rodea y descubrir todo lo bueno. Aprender de las malas experiencias es una virtud que cada día cultivo mejor y que cada día me da mejores frutos. La vida es una gran escuela donde todos podemos ser alumnos y maestros. Sólo hay que ser generosos para regalar lo que sabemos y humildes para aprender lo que ignoramos. Es un trueque muy sencillo, al alcance de todos. Sólo hay que tomar asiento al lado de quien nos puede enseñar, abrir muy bien los ojos y aguzar el oído. Siempre, siempre aprenderemos algo nuevo y maravilloso.


domingo, 22 de enero de 2012

Mi abuela


Cuenta mi madre que cuando era pequeña faltaba alimento, faltaba ropa, faltaba de todo menos fatigas y penas.
En el pueblo, no obstante siempre había algo, gracias al trocito de tierra que cultivaba mi abuelo y que permitía sembrar hortalizas, patatas... salvo cuando el tiempo era muy malo y el frío hacía que todo se perdiera. Solían tener una cabra al menos para la leche y cuando la primavera, siempre generosa, hacía florecer los campos salían a rebuscar hierbas con las que hacer extraños guisos para calmar el hambre. De ahí que no le gusten nada las tortillas de collejas por ejemplo.
La necesidad era mucha y los recursos tan pocos para una familia numerosa que el día a día se hacía complicado.
Ella era una niña delicada, no le gustaba casi nada y mi abuela tenía que hacer lo imposible para que comiera cada día. También será por eso que siempre ha sido espléndida a la hora de poner la mesa y nunca nos ha obligado a comer nada que realmente no nos gustara.
Era la pequeña de seis hermanos con una diferencia de dieciocho años entre el mayor y ella. Tuvo que dejar el colegio con doce años porque en esa época y en el pueblo lo único que hacían era cantar el cara al sol, rezar y limpiar la casa de la maestra cuando esta lo ordenaba. Pero esa es otra historia.
Mi abuela era una mujer muy buena, generosa, con esa generosidad que vale, porque dar lo que te sobra, en realidad, no puede ser denominado generoso.
Cuando llegaba el día de Reyes, Melchor le dejaba un mantecado y con suerte una muñeca de trapo hecha con retales y con todo se sentía feliz, porque había niñas que ni eso tenían.
Tenía dos vestidos. Ni uno más, ni uno menos. Dos. Cuando era invierno, esos días de lluvia interminables, donde todo estaba húmedo y la ropa no se secaba, se tenía que quedar en la cama hasta que el vestido se secaba si es que ensuciaba los dos muy seguido.
Un día crudo, de mucho frío llamó a su puerta una mujer. Llevaba de la mano a una niña de la edad de mi madre, medio desnuda, aterida de frío. La señora pidió a mi abuela algo para cubrirla, lo que fuera. Como era del mismo cuerpo que mi madre, sin pensarlo dos veces cogió uno de los vestidos y se lo dio. “Ya te haré a ti otro en cuanto pueda”.
Yo no se qué habríamos hecho nosotros en su caso. Sí se lo que hizo ella porque mi madre lo cuenta con lágrimas en los ojos.
Mi abuela murió con 88 años cuando yo tenía cuatro. La recuerdo, menuda, de negro, con un moño blanco en la nuca, como todas las abuelas de la época. Mi madre dice que siempre tuvo ese aspecto, porque antes, las mujeres eran viejas desde muy temprana edad. Mi abuelo murió joven, enfermo, cansado de trabajar, como tantos otros en ese tiempo.
Mi abuela vivió muchos años más, con la fortaleza de las mujeres luchadoras, con una sonrisa siempre y algo en las manos para ofrecer al que lo necesitara.
El día de su muerte, a pesar de mi corta edad, se me quedó la imagen de mi madre abrazada a su cuerpo menudo que yacía encima de su cama, vestida como siempre de negro y con un velo cubriéndole la cara. Yo no sentía esa pena profunda, porque con cuatro años la muerte es sólo un paso más en la vida, el último paso, lo que debe ser. Pero si me impresionó ver a mi madre pequeña otra vez, como hija, con el corazón roto por la pérdida de ese ser que le dio la vida tan generosamente como lo daba todo, incluso lo que no le sobraba.
 
Hoy me acordé de ella a propósito de esa foto que anda por Facebook del hombre que da sus sandalias al que va descalzo. Para ser generoso no hace falta tener muchas cosas, sólo la necesidad de compartir con el que tiene menos que tu.

jueves, 6 de enero de 2011

Deseos para una noche

Queridos Reyes Magos:
Este año no os voy a pedir nada. No quiero que me traigáis nada. No quiero nada material, no quiero nada para el espíritu. Mi alma por unos días no va a necesitar nada, echaré mano de la despensa que tan copiosamente he llenado durante los últimos meses e intentaré apañarme con lo que en ella hay.
Sí os voy a pedir, en cambio, que cuando ya tengáis vuestros sacos de sueños vacíos, cuando ya hayáis repartido todo lo que en ellos trajisteis, los volváis a llenar con unas cuantas cosas que nos están sobrando.
Con ellas no sé qué podéis hacer, tal vez desintegrarlas con vuestros poderes mágicos, quizá transformarlas en materia, en energía renovable, no contaminante. Igual podéis volver a convertir todo eso inservible en sueños e ilusiones, con los que volver a alimentar las almas vacías de los hombres. A lo mejor, como la materia no se crea ni se destruye, vosotros podéis tener la amabilidad y el acierto de coger todo lo que os voy a decir y convertirlo en esos deseos que los hombres de poca fe y malos hechos han ido perdiendo por el camino a lo largo de los últimos años.
Tal vez no os moleste llevaros la desesperanza, esa que hace que la gente piense que no es posible alcanzar lo que desea, esa que hace que las personas hayan dejado de luchar por sus sueños dando todo por perdido.
También podéis hacer desaparecer el miedo, ese que atenaza los corazones volviéndolos cobardes.
La desilusión, para que la gente joven vuelva a tener ideales, para que tengan energía suficiente para pelear y lograr lo que anhelan.
Cambiad el conformismo por rebeldía, no la que se queja, protesta, critica y condena todo. Si no esa rebeldía que mueve cimientos, que tambalea los esquemas impuestos para buscar la verdad, lo que vale, lo que importa en la vida, que tal vez no es el dinero, ni el poder, ni la vida cómoda sin más.
A lo mejor, podéis ser tan amables de llevaros en ese saco sin fondo el maltrato a la mujer o a cualquier persona débil, para cambiarlo por respeto.
Siempre me he preguntado, como no os lleváis cada noche del seis de Enero el hambre de los niños, la enfermedad de los niños, la muerte de los niños... Cómo no arrasáis con los hombres que permiten la miseria de los niños, el trabajo de los niños. La verdad es que me gusta esta noche, pero para poder disfrutar un poco de ella tengo que hacer una vista muy, muy gorda a todo lo que hacéis mal a lo largo de estos veintiún siglos de existencia.
Yo quiero creer, ya no sólo en lo mágico de ésta noche, me gustaría creer en la bondad del Hombre, pero cada vez lo tengo más complicado. Reconozco el buen hacer de algunas personas, hombres, mujeres, pero a groso modo es cada vez un acto de fe sin límites creer en el género humano.
Por eso, tal vez en esta noche del seis de Enero del año 2011, podríais ser tan amables y tan consecuentes de llevaros todo eso que nos está haciendo la vida imposible. Si no es mucho pedir. Prometo poner ración doble de zanahorias para los camellos y doble copita de anís para vosotros, además de caminito doble de caramelos hasta el cuarto de los niños por si os apetece alguno.
Besos y abrazos, maría.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Navidad


La luz del belén está encendida, también la flor de pascua ilumina el rincón al lado de la estantería. Este año no hay árbol de Navidad, pero no importa, el espíritu navideño está en el interior de cada uno. La mesa tiene la vajilla de porcelana buena a la espera de que alguien la distribuya y coloque todo en su sitio para servir la cena.
Es nochebuena, aunque ya no es como antes, cuando éramos pequeños. A pesar de todo, las cosas no eran fáciles tampoco entonces, el sueldo de mi padre se estiraba, la paga extra de Navidad ayudaba a que todo fuese un poco menos sobrio. Nunca cenamos lubina, ni cordero lechal, ni rodaballos, ni centollos, ni percebes... Mi padre criaba para la ocasión pavos. Grandes pavos, gigantes, de los que se hacía caldo, filetes de pechuga aliñados, muslos al horno, alguna gamba, entremeses, sidra, vino de la tierra, ensaladas, mantecados, polvorones, cerezas al marrasquino, fruta escarchada, anís, licor 43, ponche caballero, brandy...
Eran buenas esas Navidades, recuerdo a mis tíos, mis primos, los hijos pequeños de mis primos. Todos cabíamos en mi casa, pequeña, minúscula. Al son del tocadiscos bailábamos los villancicos populares, cantábamos y reíamos, todos juntos, sin penas, disfrutando de la alegría de compartir una noche el calor de la familia.
Eran malos tiempos, porque había pocos recursos, porque se ahorraba para que los Reyes Magos trajeran lo que los niños anhelábamos y si no, cualquier otra cosa que nos hiciera olvidar que no era eso lo que habíamos pedido. Todo era bonito. El frío, el sorteo de Navidad. Recuerdo que por aquel entonces ya no había colegio ese día y me levantaba muy temprano para sentarme al brasero y la mesa camilla, desayunar con el pan de aceite y ver, décimos y participaciones en mano, como el dinero siempre iba a parar a cualquier parte menos a mi casa. Mi padre decía: “el que juega por necesidad pierde por obligación, no lo olvides Mari”. O también esto otro “no nos toca la lotería porque no nos hace falta”. Quizá tenía razón.
A pesar de la crisis, del paro, de lo precario de los empleos, las tiendas están llenas, la gente compra para estos días como si fuese a llegar una guerra, hoy no quedaba sidra en las estanterías del supermercado, antes de ayer el hueco de la sal para hornear lucía así, hueco porque se había agotado, las pescaderías rebosan ricos pescados, mariscos de todo tipo que la gente compra sin más, aunque el resto del año sólo tengan por costumbre cenar una fruta y un yogur.
Mucha gente se muere de hambre en el mundo, no sólo estos días, sino todo el año durante siglos.
La globalización trae miseria a demasiadas personas y en este país todo se va un poco más cada día, al traste.
Pero hoy es Nochebuena, mañana Navidad y nosotros estamos aquí, con una rica cena esperando, ricos postres, calor, compañía, amigos, familia, vecinos. Todos con ganas de descansar por unas horas de tanta política, tanta histeria, tanto mal que hay en el mundo. Por suerte nosotros estamos aquí y podemos y yo diría que casi tenemos la obligación de disfrutar todo lo bueno que nos rodea, obligación de buscar momentos en los que ser un poco más felices, porque después de todo, todavía, somos afortunados.
En vez de desearos os voy a pedir que seáis felices, que os aferréis a la más mínima esperanza de que todo va a ir a mejor, de que vamos a salir de esta y de que seremos como el ave fenix cuando todo mejore. Dejemos de quejarnos si todavía tenemos algo que poner en nuestras mesas y si todavía podemos comprar un regalo para los nuestros, sencillo, pero con todo el cariño que somos capaces de regalar.
Demos lo que no nos cuesta nada, amor. Compartamos lo que tenemos y hagamos que las personas que están a nuestro lado disfruten de la vida y del nacer de un nuevo día.
Felicidades a todos, por ser, por estar.

martes, 14 de diciembre de 2010

Llora Granada


Llora triste la guitarra, largo lamento por las calles de Granada. El Albayzín se quedó solo, ya se quedó sin voz el barrio moro de la ciudad de la Alhambra.
Afligidos los gitanos, van errantes por si algún quejío se escapó y pueden abrazarlo fuerte, por si Enrique no se marchó, por si están soñando y lo vuelven a encontrar tomando café en El Pasteles.
La voz de la Poesía se ha apagado para siempre. Lorca lo recibirá con los brazos abiertos, para juntos poner el alma y la música allá donde quiera que se encuentren.
La estrella que tanto buscó, iluminará su camino hasta guiarlo a ese “mundo sin mentiras, con menos odio, más clemencia y más piedades”. Desde allí “disipará las nubes negras que nos acechan y abrirá un mundo nuevo sin fusiles y sin venenos”.

El sentimiento se hacía cante, la voz salía de su garganta para derretir las almas, para llegar hasta el corazón de todo el que amara la Música.

No es fácil ser grande y humilde a la vez pero él lo consiguió. Fusionar el flamenco con otros aires, recibir grandes premios y reconocimientos para luego comprar unos zapatos en el “mercaíllo” de la Plaza Larga, reír con sus vecinos, formar una familia y vivir en el barrio que le vio nacer. Ser de corazón grande con los humildes y no olvidar sus orígenes fue su virtud más loable.
Unir la poesía de Miguel Hernández, García Lorca, los Machado, Lope de Vega, Bergamín, San Juan de la Cruz, Guillén o Rafael Alberti con el duende del flamenco fue uno de sus logros.
Pero ya duerme sin fin...” Porque la muerte es implacable y, dicen las malas lenguas, siempre se lleva prematuramente a los mejores. Ya se lo llevó con ella, para que le cante al oído: “La Alhambra lloraba”
Por las gradas sube “Enrique”
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta“
Sé feliz allá donde te hayas ido, no me cabe duda, de que estés donde estés ha comenzado la fiesta.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Luces


Los días se suceden, unos detrás de otros. La monotonía no deja espacio para nada más, cuando las calles se alegran a la fuerza luciendo brillos recortados por la falta de presupuesto, cuando los escaparates lucen llenos de cosas que mucha gente no podrá comprar, cuando el que tiene guarda y el que no tiene añora, cuando la vida quiere seguir como si nada pero la nada lo inunda todo...
Llega la Navidad ya a los grandes almacenes, a las tiendas chicas y grandes, a las casas de mucha gente, al mundo civilizado y católico. Incluso muchos de los que se declaran agnósticos, ateos, a- lo que sea, los que creyeron en Dios y ya no creen, los testigos de Gehová, los que nunca fueron a misa aunque estén bautizados... Casi todo el mundo celebra el nacimiento de un personaje que dicen que realmente existió y del que escribieron sus memorias cada cual a lo que le convino y a partir de ahí se lió la que se lió.
Todos quieren ser felices durante escasos quince días, hacer como si nada, comer como si no lo hubieran hecho nunca, gastar como si sobrara, atiborrar de juguetes a niños que no los quieren, no los usan o quieren otros distintos...
Todo es un sin sentido, todo es un desquicie de locura, todos queremos tener estos días para gastar y ser felices a la fuerza y parecer lo que no somos y comprar lo que no necesitamos.
Es en estos momentos, como en muchos otros, cuando me gustaría desaparecer del mapa, cuando me gustaría esconderme en un rincón apartado del mundo, donde el silencio sólo fuera roto por el ruido de pájaros, donde el aire oliera a primavera, donde no hiciera ni frío ni calor, donde todo estuviera tranquilo y nada sobresaltara mi alma inquieta.
Porque me duele tanto derroche, me duele tanta lucha absurda por no sé qué cosas, porque la gente miente y falsea, no es lo que parece y parece que es lo que no es.
Es en estos días absurdos cuando me gustaría ser capaz de romper con todo y faltar a la cena de Noche Buena y no comprar regalos de Reyes y no celebrar fin de año con doce estúpidas uvas y una carísima botella de Champán, y no hacer como si la vida pasara sin pena ni gloria por las casas de la gente corriente.
Cada día dudo de si pertenezco a este planeta, cada día pienso que soy un alma extraña atrapada en un cuerpo corriente, en una vida corriente...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Vivaldi El Otoño


Preludio de nieve y frío, cuna de hojas caídas y lluvias esperanzadoras, tiempo de membrillos y acerolas, sol velado, vendimia de risas y uvas, sosiego para el alma, descanso para el cuerpo después de días frenéticos de sol y playa.
El otoño es una gran estación, Vivaldi lo refleja con su música de violines, colores ocres, amarillos, naranjas.
Me gusta, el otoño, sus días tranquilos, la vuelta a la rutina, olor a libros nuevos, libretas por estrenar, lápices de colores, mochilas, zapatos gorila, lluvias renovadoras, pies mojados presurosos por la ciudad buscando un café donde ponerse a cubierto mientras pasa el aguacero…
En esta forma de vivir que llevamos, donde no nos fijamos en lo que pasa sin prisa pero sin pausa, los días unos detrás de otros, impasibles, sabiendo que el mundo es así, la vida es así, hagamos lo que hagamos, un día sucede a otro, una estación a otra. Que el mundo avanza y seguimos inmersos en nuestros problemas, en los problemas de los políticos, en la bolsa que sube o que baja, en el sueldo que no nos llega, esto para el que tenga la dicha de tenerlo, la hipoteca, el dinero que no tenemos pero que aún así nos gastamos en las vacaciones… Y mientras, las hojas se caen un año más, la temperatura baja como cada año, el frío empieza a instalarse en nuestras casas y nuestros huesos, los hijos crecen, los padres envejecen, las puestas de sol siguen igual de bellas, los amaneceres igual de esperanzadores, los días en definitiva que significan una oportunidad más para vivir, para fijarnos en lo importante, para crecer, para sentir, para cambiar, para soñar, para ayudar, para amar, para hacer amigos, para cuidar los que tenemos, para ser conscientes de lo que somos, lo que queremos, lo que necesitamos…
A veces, demasiadas veces, no vemos esa oportunidad, porque las letras, los números nos ciegan, las ansias de querer ser lo que no somos así a las bravas, nos impiden ver donde está lo importante, demasiadas veces nos conformamos con ser como los demás quieren que seamos, amoldándonos a una vida que no es la nuestra.
Me gusta el otoño, porque disfruto de todas y cada una de las estaciones del año, gozando lo que hay de bueno cada día, cada mes. Esta vida es un regalo y aunque a veces encontramos dificultades que nos hacen sentir un poco mustios, un poco tristes, debemos sentirnos privilegiados, porque cada día que amanece es una gran oportunidad para cambiar algo en nuestro mundo que nos ayude a seguir adelante.
maría