miércoles, 13 de febrero de 2013

Paciencia


Todo sucede en la cocina. Las lentejas danzan en la olla, el olor de siempre, la radio de fondo, la voz del locutor mimetizada entre el resto de sonidos cotidianos. Lo que ocurre es parte del mismo todo.
Y mientras, en la calle, la vida sigue. El ruido de los coches, el ir y venir de la gente, y el periódico y la fruta, el pan y el buenos días, ya te vas...
Y el barrio lleno de viejos, con posibles tal vez, pero viejos. Donde todo se les ha quedado grande: la ropa, los pisos, hasta las dentaduras se les han vuelto rebeldes dentro de las bocas...
“Y ese que te cruzas, tan elegante, vive solo, porque sus hijos con otros hijos y sus importantes carreras no tienen donde acogerlo. Y la que vivía allí, también sola, porque su único hijo y por el que lo dio todo se casó con una bruja que nada quiso saber de ella, por eso murió sola, en su enorme casa.
Y la vida se nos alarga en años, pero a costa de sufrir más; es el precio. No sé si compensa.
Y hoy he dormido mejor, parece que la pastilla hizo su efecto. ¿Otra vez lentejas? Pues yo que sé, me gustaría comer cosas distintas. Claro que no soy delicado, nunca lo he sido. Pero la carne no la quiero, que no la puedo tragar. Y las raspas del pescado me fastidian, (como a los niños). Con la lechuga me da tos y ya así no puedo seguir comiendo. Y esos callos, no son como los que me ponía ese camarero tan simpático en el hogar del jubilado. Pero que lo que me pongas “lo mato”, que ya te digo que no soy delicado.
Y esto ¿qué es? ¿Merluza como? ¿Y ensalada? Eso no es comer, demasiado poco.
¿Y hoy? ¿Primero y segundo y ensalada? Eso es un disparate, que yo no como tanto. De postre dame mejor un flan, de huevo, que aunque tiene mucha azúcar y ya comí huevo, por una vez... ¡Cuanto vales!”
marr

jueves, 20 de diciembre de 2012

Dulce Navidad

La Navidad es un cuento para niños. Un cuento que se relata año tras año, siempre en la misma fecha. Aquí debe hacer frío, nevar sería un regalo, aunque a veces el tiempo traiciona y hace sol y templanza.
La Navidad es una fiesta que habría que inventar si no la hubieran inventado hace no se cuantos siglos, porque las personas necesitamos, de pronto, creer en algo, fingir que somos felices y que todo es posible; como un milagro por encargo.
La Navidad intenta relatar el nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor. A golpe de tambor, zambomba y pandereta llenamos las calles de cánticos añejos y machacones, con letras sin sentido, absurdas. Pero no importa, es Navidad y hay que cantar y alegrarse, por decreto.
La Navidad puede sacar lo mejor de nosotros mismos y también lo peor. Hay que comer, cenar, desayunar en familia, toda la familia, la propia y la política, porque sí, porque es lo que toca y porque lo manda la tradición.
¿Cómo te vas a quedar sola en Navidad? ¿Cómo vais a cenar solos la Noche Buena? Preguntan muchos hijos a sus padres ancianos cuando éstos se resisten a salir de la tranquilidad de sus casas.
Pues como cenamos el resto del año, hijo, solos.
Pocas cosas se deben imponer en la vida. Y la obligación de ser feliz cuando el cuerpo te pide estar triste debería de prohibirse.
Todos tenemos derecho a sentirnos como nos de la gana en cada momento de nuestra vida. Reír sin sentido cuando el pecho se nos llena de gozo por cualquier cosa. O llorar de pena cuando el corazón se siente aturdido, cansado, angustiado.
Navidad debería ser todo el año o dejar de existir. En nuestros corazones, digo. Para que cada cual se sienta triste o alegre cuando le venga en gana.
Forzar a celebrar cenas imposibles, comidas interminables, mientras en la tele ponen una y otra vez la imagen de los niños que mueren de hambre y desnutrición severa cada día, es un contrasentido. Parece que sólo existen en Navidad, al menos es cuando más los sacan en todo tipo de programas, para ablandar las conciencias adormecidas el resto del año, abotargadas por el consumismo voraz y estúpido que nos embarga a todos desde hace muchos años.
Anuncios de niños negros, llenos de mocos y con unos inmensos ojos de mirada profunda y vieja, tan vieja como el Hombre. Anuncios que se alternan con los de perfumes de precios desorbitados y de aromas tan similares que parecen sacados de la misma marmita. Metidos en frascos cada vez más rancios, prometiendo noches maravillosas y vidas espectaculares.
La Navidad son luces por las calles, cuyo brillo hace desaparecer por unos días la miseria de los que por ellas transitan. Este año hay algún adorno más. Gente pobre tirada en los rincones al abrigo de unos cartones, con perros de mirada triste dándoles calor y compartiendo un trozo de pan entre amos y perros.
Hacía años que no se veía esa estampa, otrora habitual, por las calles más céntricas de esta ciudad provinciana y cateta. Pero todo vuelve. También el hambre y la miseria.
Probablemente no guste lo que escribo, el instinto de supervivencia nos hace olvidar pronto lo que duele o molesta, para poner de nuevo los villancicos y cantar como descosidos.
Yo cenaré con mis padres un año más, porque son mayores y bastante han pasado en la vida como para filosofar sobre esto con ellos. Pero si llega el día en el que ellos no estén y yo siga en este mundo, creo que cambiaré mi forma de celebrar estas obligadas fiestas. Porque cada año se me atascan más los langostinos, el pavo, los turrones y demás manjares.
Tal vez, incluso, llegado el 24 os desee feliz Noche Buena y feliz Navidad. Porque si tenemos que ser felices, lo seremos.

martes, 6 de noviembre de 2012

El Otoño de la Vida


La vida es efímera. Pasa rápida, nos pilla distraídos la mitad del tiempo.
Es curioso como van avanzando los años y nosotros, mientras, despistados, pensando en el mañana, sin darnos cuenta que el mañana es hoy. Hoy es cuando hay que vivir, porque ayer ya pasó y mañana no existe.
Llegas a viejo, si no pierdes el aliento antes de alguna forma absurda. Hay tantas formas de morir, como de mantenerse vivo. El secreto está en el equilibrio. Si se pierde caes y hay veces, muchas, en las que la caída es para el lado equivocado.
Trabajar con viejos es intenso. Si cuidas a un niño hay una rutina y si cuidas a un viejo la rutina es muy parecida, pero al revés.
Los viejos necesitan tranquilidad, rodearse de sus cosas, las antiguas sobre todo.
Mis viejos son adorables. Agradecen cada cosa que les hago, ponerles gotas en los ojos o ayudarles a calzarse; buscar el bastón olvidado en un rincón de la casa, recordarles la cita del médico, o prepararles algo rico para comer. Aún cuando dicen no tener hambre dejan el plato limpio. Son agradecidos y eso, para mí, forma parte de la recompensa.
Sólo hay que dejar que hablen, que cuenten, que recuerden en voz alta. Dejar que suelten muchas cosas que llevan dentro y que ya nadie les quiere oír. Hablar de la guerra, para ella, es importante, porque era una niña y eso, con los tiempos revueltos que vivimos de nuevo, está volviendo a su mente cuando lo creía ya olvidado. Pero los hijos no quieren que les cuenten penas antiguas. Así que poco a poco, me las va contando a mi. Yo aprendo de ella y ella me mira con ojos complacidos al sentirse escuchada y comprendida.
A mi viejo le gusta recordar cuando era joven. Cuando va a la calle a dar su paseo y le digo que está guapo sonríe pícaro y recuerda cómo de guapo era en su juventud, que iba firmando autógrafos por la calle, bromea. Entonces si que era un hombretón y ahora piensa que no queda nada de lo que hubo.
Han vivido una vida, amado, criado hijos, trabajado duro para darles carrera. Han tenido buenas épocas, donde salían a cenar, con amigos, cuando eran amantes y dormían en la misma cama. Eso ya pasó, todo eso dejó de ser hace no sé cuanto tiempo. Pero ella, siente nostalgia de aquellos días en que eran autónomos y los fuertes de la familia. Cuando los hijos se apoyaban en ellos y pedían ayuda y consejo. Ya no. Ya son ellos los que están necesitados de todo lo que no se compra. Necesitan amor, cariño, comprensión; ser escuchados. Que no les recriminen sus manías.
Ella quiere quemar las fotos de sus antepasados, sus familiares y amigos que ya no están, que ya no existen. Quiere romperlas, para que sus hijos no las tiren luego sin saber quienes están ahí reflejados.
Él busca sin descanso cada día, cuando ella duerme, por los cajones, en los armarios. Lo revuelve todo buscando no sé qué cosa. Encuentra retratos de su madre, la ve la más guapa de las mujeres y recuerda cuando era joven y luchadora. Ya hace años que le tocó enterrarla, justo el día de los Santos y ahora, de nuevo, la añora con demasiada melancolía.
La vida se le escapa, se le agota, cada día un poco más. Ella tiene la cabeza fría aún y mientras hacemos la lista de la compra me comenta que ha ido a ver un jersey negro, que no tiene ninguno y que lo necesitará para el entierro. Porque parece ser que él morirá antes, está peor. Y ella quiere estar preparada. Lo dice así, tranquila. No quiere que le hagan más pruebas en el hospital. Para qué. Que lo dejen tranquilo, con su comida, su cama bien limpia, sus cosas. Que vengan los hijos a visitarlo y que le den compañía. Que le echen una mano a ella, que está agotada de andar pendiente todo el día de sus necesidades. Las mujeres, que no nos podemos poner viejas.
Cada día que voy a trabajar es una lección de vida. Porque hay que estar preparado para la vida y también para la muerte. Morir es algo natural, cuando se muere de viejo. Estoy aprendiendo que hay que ser generoso con el final de quienes amamos. Proporcionarles la paz que necesitan, el calor humano que reclaman, leer entre líneas cuando nos hablan, ser sus manos y sus ojos cuando estas les fallen. Al igual que los niños, no sólo necesitan comer y dormir, también que les llegue cuanto los queremos, cuanto los admiramos y como de agradecidos estamos por todo lo que nos han enseñado y regalado.
Me gustan “mis viejos”. Me gusta la vida y todo lo que en ella se puede aprender cada día.

viernes, 7 de septiembre de 2012

"De mi corazón a mis asuntos..."


Hay dos tipos de personas que me fascinan: las que escriben y las que componen. Las gentes que con su pluma conmueven las almas de quienes los leen y que con sus letras hacen llorar, reír, sentir, respirar y suspirar. Quienes con sus voces, sus guitarras o violines, pianos, tambores o arpas, calman sin sabores y despiertan las ganas de vivir.
Esas personas que con lo que sienten hacen sentir a los demás. Saber describir un ocaso o un amanecer, sin que los ojos necesiten verlo, poder percibir el olor del mar aún estando lejos, no saber si es invierno o verano afuera si dentro estás inmerso en la lectura de un libro que te atrapa, que lees como si la historia fuese tuya. O añorar el otoño cuando escuchas a Vivaldi, aunque sea primavera.
Qué admiración me inspira aquella persona que con un lápiz y un pentagrama crea esa magia que ayuda a sobrellevar el día a día con una sonrisa a pesar de los pesares. Sonidos imposibles, notas enlazadas entre si para hacerte pensar que vives en otra parte, que eres protagonista de una vida distinta. Te ayudan a soñar y a creer que otro mundo es posible. Tal vez ellos no lo saben, quizá para esas gentes es algo cotidiano, que los acompaña desde siempre. A lo mejor no tienen idea, no son conscientes de lo que sus obras influyen en los demás, de lo felices que pueden llegar a hacer a quien lleva una vida anodina y rutinaria. Quizá ellos mismos se sientan igual de aburridos, quien sabe lo que pasa por la mente de otras personas.
La inminente llegada del Otoño me seduce siempre. Estoy ansiosa porque la noche llegue antes, necesitada de lluvia, de olor a mojado, de aire limpio y fresco, de café en la merienda y de taparme para dormir. Acurrucarme y que el negro de la noche haga que me entregue a un sueño tranquilo, que repare las heridas que el día me cause y haga que me levante otra vez nueva y lista para un nuevo día.
El verano no me gusta, apenas me gustaba antes y cada año que pasa sobre mi me gusta menos. No me gusta el calor sofocante, ni los días interminables, ni las noches de insomnio, ni el sudor que me empapa, ni la ducha que no refresca. No me gusta el desorden, quien lo diría, que el estío provoca en nuestras vidas, ni las vacaciones forzadas, ni la alegría simulada de que todo es fantástico porque es verano.
Me gustan los días cortos y el frío intenso, los jerséis de cuello vuelto y los edredones de plumas, los pijamas calentitos para estar en casa arropada en la mesa camilla y los libros bajo la lamparita. Sin tele, sin canción del verano, con Mozart a lo lejos y el olor a palomitas con miel.
Eso es lo que añoro y me gusta. Por suerte, siempre, tras el verano llega el otoño...

martes, 19 de junio de 2012

La ciudad dormida...



‎La ciudad dormida de los poetas muertos,
transita lenta y melancólica por los senderos del tiempo.
El esplendor de antaño, apagado, víctima del miedo,
escondido en lo más profundo, yerto.
La ciudad del sentimiento, herida siempre,
olvidada y consternada... Aún queda gente que te ama,
porque siempre serás la cuna del que te cantó,
con versos libres, desde el fondo de su alma.
maría



domingo, 10 de junio de 2012


Qué silencio tan extraño, como dice mi amada y querida amiga Elisa. ¿Qué nos queda en esta vida en la que nos están despojando de toda esperanza para avanzar?. ¿Qué teníamos que no nos hayan quitado, intervenido?. Hasta la ilusión. Primero hipotecamos nuestras vidas ansiando vivir de una manera tan vacía. Y ahora que ya no queda nada, que ni casa, ni trabajo, ahora nos damos cuenta de lo equivocados que hemos estado. Vivir para tener es el mayor error que una persona puede cometer en su vida. Vivir para ser, ese es el camino, esa era la bifurcación que deberíamos haber tomado en el trayecto. Ser inteligentes, ser amables, ser generosos, ser amantes, ser como los animales de la selva, comer para vivir y vivir para sentir; criar a los hijos como buenas madres y como buenos padres, disfrutar de su niñez, alimentarlos con el pecho que da la vida, abrazarlos y arroparlos, calmar sus miedos, curar sus enfermedades, con cariño y paciencia.
Se nos pasa la vida anhelando tesoros imposibles, adorando al dios del dinero, para tener dos casas, dos coches, dos cuentas corrientes. En definitiva para tener y tener y nos olvidamos del ser.
Porque yo quiero que mis hijos sean buenas personas, que sepan valorar lo que no se compra, que disfruten del sol, que no por estar ahí cada día vale menos. De la luna, que no por salir a lucirse cada noche tiene menos importancia. Del bosque, del mar, de la naturaleza que no para de darnos pistas de como vivir y casi nunca la escuchamos.
¿Qué nos queda? La fe en nosotros mismos, la capacidad de reinventarnos, de resurgir como el ave fénix de nuestras propias cenizas. Se lo debemos a los que murieron por la libertad, a los que fueron asesinados por querer ser libres, por amar la vida; a esos que pelearon por lo derechos que hoy día, entre todos, nos hemos encargado de patear y pisotear una vez más. Se lo debemos a nuestros hijos, que tal vez aún no puedan hacer oír sus voces pero que con sus miradas nos suplican que el miedo no nos haga arruinar el mundo que les va a quedar por herencia a ellos. Nos lo debemos a nosotros mismos. Porque vivir con la mirada agachada nos oprime el alma, porque tragar y tragar nos hace ahogarnos en nuestra propia vergüenza y en una cobardía que no nos pega, que no nos deja avanzar. Vivir para soñar y hacer esos sueños realidad. Eso es lo que tenemos que hacer, esa es nuestra obligación, nuestra tarea para hoy, mañana, y hasta el día que se nos oiga y se nos tenga en cuenta. No queremos más mentiras, no queremos más engaños y no queremos en el poder a ladrones hijos de satanás que roban el pan de nuestras familias y nos quitan el derecho a sentirnos dignos.
Qué triste me siento desde hace tiempo, pero lo que quiero es cambiar esa tristeza por rabia. Que la tristeza me paraliza y yo lo que quiero es luchar por lo que es digno y por lo que es nuestro.
maría

lunes, 20 de febrero de 2012

Riqueza


Me pasa una cosa muy curiosa. Cuanto menos tengo, más rica me siento. Porque cada peldaño que he bajado me ha servido para asentar más los pies en la suelo. Tal vez cuando camine descalza y sienta la energía de la tierra subiendo por mis piernas, inundando mi cuerpo sea yo misma de verdad, sin adornos, sin afeites. Me siento como un folio blanco donde poder escribir versos, hermosas historias, canciones de amor, el teatro de la vida. Me siento como un lienzo blanco, donde poder dibujar con pinceladas suaves un maravilloso paisaje de mar, o la colina majestuosa de la Alhambra. Siento que mi alma es una esponja, impaciente por empapar tantas cosas que querría aprender, experiencias no vividas que los demás me cuentan y que yo quiero disfrutar, aunque soy consciente de que no puedo recuperar el tiempo perdido, precisamente por eso quiero no perder más ni un minuto en no vivir.
Pensé que nuca más podría tener amigos, y me equivoqué, sólo tengo que buscar en otros lares, en otras plazas, porque siempre hay gente dispuesta a compartir, necesitada de dar calor y de recibir sonrisas. Estoy contenta, porque cuanto menos necesito más llena me siento.
Dijo Violeta Parra: Gracias a la vida, que me ha dado tanto... Sólo hay que observar lo que nos rodea y descubrir todo lo bueno. Aprender de las malas experiencias es una virtud que cada día cultivo mejor y que cada día me da mejores frutos. La vida es una gran escuela donde todos podemos ser alumnos y maestros. Sólo hay que ser generosos para regalar lo que sabemos y humildes para aprender lo que ignoramos. Es un trueque muy sencillo, al alcance de todos. Sólo hay que tomar asiento al lado de quien nos puede enseñar, abrir muy bien los ojos y aguzar el oído. Siempre, siempre aprenderemos algo nuevo y maravilloso.


domingo, 22 de enero de 2012

Mi abuela


Cuenta mi madre que cuando era pequeña faltaba alimento, faltaba ropa, faltaba de todo menos fatigas y penas.
En el pueblo, no obstante siempre había algo, gracias al trocito de tierra que cultivaba mi abuelo y que permitía sembrar hortalizas, patatas... salvo cuando el tiempo era muy malo y el frío hacía que todo se perdiera. Solían tener una cabra al menos para la leche y cuando la primavera, siempre generosa, hacía florecer los campos salían a rebuscar hierbas con las que hacer extraños guisos para calmar el hambre. De ahí que no le gusten nada las tortillas de collejas por ejemplo.
La necesidad era mucha y los recursos tan pocos para una familia numerosa que el día a día se hacía complicado.
Ella era una niña delicada, no le gustaba casi nada y mi abuela tenía que hacer lo imposible para que comiera cada día. También será por eso que siempre ha sido espléndida a la hora de poner la mesa y nunca nos ha obligado a comer nada que realmente no nos gustara.
Era la pequeña de seis hermanos con una diferencia de dieciocho años entre el mayor y ella. Tuvo que dejar el colegio con doce años porque en esa época y en el pueblo lo único que hacían era cantar el cara al sol, rezar y limpiar la casa de la maestra cuando esta lo ordenaba. Pero esa es otra historia.
Mi abuela era una mujer muy buena, generosa, con esa generosidad que vale, porque dar lo que te sobra, en realidad, no puede ser denominado generoso.
Cuando llegaba el día de Reyes, Melchor le dejaba un mantecado y con suerte una muñeca de trapo hecha con retales y con todo se sentía feliz, porque había niñas que ni eso tenían.
Tenía dos vestidos. Ni uno más, ni uno menos. Dos. Cuando era invierno, esos días de lluvia interminables, donde todo estaba húmedo y la ropa no se secaba, se tenía que quedar en la cama hasta que el vestido se secaba si es que ensuciaba los dos muy seguido.
Un día crudo, de mucho frío llamó a su puerta una mujer. Llevaba de la mano a una niña de la edad de mi madre, medio desnuda, aterida de frío. La señora pidió a mi abuela algo para cubrirla, lo que fuera. Como era del mismo cuerpo que mi madre, sin pensarlo dos veces cogió uno de los vestidos y se lo dio. “Ya te haré a ti otro en cuanto pueda”.
Yo no se qué habríamos hecho nosotros en su caso. Sí se lo que hizo ella porque mi madre lo cuenta con lágrimas en los ojos.
Mi abuela murió con 88 años cuando yo tenía cuatro. La recuerdo, menuda, de negro, con un moño blanco en la nuca, como todas las abuelas de la época. Mi madre dice que siempre tuvo ese aspecto, porque antes, las mujeres eran viejas desde muy temprana edad. Mi abuelo murió joven, enfermo, cansado de trabajar, como tantos otros en ese tiempo.
Mi abuela vivió muchos años más, con la fortaleza de las mujeres luchadoras, con una sonrisa siempre y algo en las manos para ofrecer al que lo necesitara.
El día de su muerte, a pesar de mi corta edad, se me quedó la imagen de mi madre abrazada a su cuerpo menudo que yacía encima de su cama, vestida como siempre de negro y con un velo cubriéndole la cara. Yo no sentía esa pena profunda, porque con cuatro años la muerte es sólo un paso más en la vida, el último paso, lo que debe ser. Pero si me impresionó ver a mi madre pequeña otra vez, como hija, con el corazón roto por la pérdida de ese ser que le dio la vida tan generosamente como lo daba todo, incluso lo que no le sobraba.
 
Hoy me acordé de ella a propósito de esa foto que anda por Facebook del hombre que da sus sandalias al que va descalzo. Para ser generoso no hace falta tener muchas cosas, sólo la necesidad de compartir con el que tiene menos que tu.

jueves, 6 de enero de 2011

Deseos para una noche

Queridos Reyes Magos:
Este año no os voy a pedir nada. No quiero que me traigáis nada. No quiero nada material, no quiero nada para el espíritu. Mi alma por unos días no va a necesitar nada, echaré mano de la despensa que tan copiosamente he llenado durante los últimos meses e intentaré apañarme con lo que en ella hay.
Sí os voy a pedir, en cambio, que cuando ya tengáis vuestros sacos de sueños vacíos, cuando ya hayáis repartido todo lo que en ellos trajisteis, los volváis a llenar con unas cuantas cosas que nos están sobrando.
Con ellas no sé qué podéis hacer, tal vez desintegrarlas con vuestros poderes mágicos, quizá transformarlas en materia, en energía renovable, no contaminante. Igual podéis volver a convertir todo eso inservible en sueños e ilusiones, con los que volver a alimentar las almas vacías de los hombres. A lo mejor, como la materia no se crea ni se destruye, vosotros podéis tener la amabilidad y el acierto de coger todo lo que os voy a decir y convertirlo en esos deseos que los hombres de poca fe y malos hechos han ido perdiendo por el camino a lo largo de los últimos años.
Tal vez no os moleste llevaros la desesperanza, esa que hace que la gente piense que no es posible alcanzar lo que desea, esa que hace que las personas hayan dejado de luchar por sus sueños dando todo por perdido.
También podéis hacer desaparecer el miedo, ese que atenaza los corazones volviéndolos cobardes.
La desilusión, para que la gente joven vuelva a tener ideales, para que tengan energía suficiente para pelear y lograr lo que anhelan.
Cambiad el conformismo por rebeldía, no la que se queja, protesta, critica y condena todo. Si no esa rebeldía que mueve cimientos, que tambalea los esquemas impuestos para buscar la verdad, lo que vale, lo que importa en la vida, que tal vez no es el dinero, ni el poder, ni la vida cómoda sin más.
A lo mejor, podéis ser tan amables de llevaros en ese saco sin fondo el maltrato a la mujer o a cualquier persona débil, para cambiarlo por respeto.
Siempre me he preguntado, como no os lleváis cada noche del seis de Enero el hambre de los niños, la enfermedad de los niños, la muerte de los niños... Cómo no arrasáis con los hombres que permiten la miseria de los niños, el trabajo de los niños. La verdad es que me gusta esta noche, pero para poder disfrutar un poco de ella tengo que hacer una vista muy, muy gorda a todo lo que hacéis mal a lo largo de estos veintiún siglos de existencia.
Yo quiero creer, ya no sólo en lo mágico de ésta noche, me gustaría creer en la bondad del Hombre, pero cada vez lo tengo más complicado. Reconozco el buen hacer de algunas personas, hombres, mujeres, pero a groso modo es cada vez un acto de fe sin límites creer en el género humano.
Por eso, tal vez en esta noche del seis de Enero del año 2011, podríais ser tan amables y tan consecuentes de llevaros todo eso que nos está haciendo la vida imposible. Si no es mucho pedir. Prometo poner ración doble de zanahorias para los camellos y doble copita de anís para vosotros, además de caminito doble de caramelos hasta el cuarto de los niños por si os apetece alguno.
Besos y abrazos, maría.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Navidad


La luz del belén está encendida, también la flor de pascua ilumina el rincón al lado de la estantería. Este año no hay árbol de Navidad, pero no importa, el espíritu navideño está en el interior de cada uno. La mesa tiene la vajilla de porcelana buena a la espera de que alguien la distribuya y coloque todo en su sitio para servir la cena.
Es nochebuena, aunque ya no es como antes, cuando éramos pequeños. A pesar de todo, las cosas no eran fáciles tampoco entonces, el sueldo de mi padre se estiraba, la paga extra de Navidad ayudaba a que todo fuese un poco menos sobrio. Nunca cenamos lubina, ni cordero lechal, ni rodaballos, ni centollos, ni percebes... Mi padre criaba para la ocasión pavos. Grandes pavos, gigantes, de los que se hacía caldo, filetes de pechuga aliñados, muslos al horno, alguna gamba, entremeses, sidra, vino de la tierra, ensaladas, mantecados, polvorones, cerezas al marrasquino, fruta escarchada, anís, licor 43, ponche caballero, brandy...
Eran buenas esas Navidades, recuerdo a mis tíos, mis primos, los hijos pequeños de mis primos. Todos cabíamos en mi casa, pequeña, minúscula. Al son del tocadiscos bailábamos los villancicos populares, cantábamos y reíamos, todos juntos, sin penas, disfrutando de la alegría de compartir una noche el calor de la familia.
Eran malos tiempos, porque había pocos recursos, porque se ahorraba para que los Reyes Magos trajeran lo que los niños anhelábamos y si no, cualquier otra cosa que nos hiciera olvidar que no era eso lo que habíamos pedido. Todo era bonito. El frío, el sorteo de Navidad. Recuerdo que por aquel entonces ya no había colegio ese día y me levantaba muy temprano para sentarme al brasero y la mesa camilla, desayunar con el pan de aceite y ver, décimos y participaciones en mano, como el dinero siempre iba a parar a cualquier parte menos a mi casa. Mi padre decía: “el que juega por necesidad pierde por obligación, no lo olvides Mari”. O también esto otro “no nos toca la lotería porque no nos hace falta”. Quizá tenía razón.
A pesar de la crisis, del paro, de lo precario de los empleos, las tiendas están llenas, la gente compra para estos días como si fuese a llegar una guerra, hoy no quedaba sidra en las estanterías del supermercado, antes de ayer el hueco de la sal para hornear lucía así, hueco porque se había agotado, las pescaderías rebosan ricos pescados, mariscos de todo tipo que la gente compra sin más, aunque el resto del año sólo tengan por costumbre cenar una fruta y un yogur.
Mucha gente se muere de hambre en el mundo, no sólo estos días, sino todo el año durante siglos.
La globalización trae miseria a demasiadas personas y en este país todo se va un poco más cada día, al traste.
Pero hoy es Nochebuena, mañana Navidad y nosotros estamos aquí, con una rica cena esperando, ricos postres, calor, compañía, amigos, familia, vecinos. Todos con ganas de descansar por unas horas de tanta política, tanta histeria, tanto mal que hay en el mundo. Por suerte nosotros estamos aquí y podemos y yo diría que casi tenemos la obligación de disfrutar todo lo bueno que nos rodea, obligación de buscar momentos en los que ser un poco más felices, porque después de todo, todavía, somos afortunados.
En vez de desearos os voy a pedir que seáis felices, que os aferréis a la más mínima esperanza de que todo va a ir a mejor, de que vamos a salir de esta y de que seremos como el ave fenix cuando todo mejore. Dejemos de quejarnos si todavía tenemos algo que poner en nuestras mesas y si todavía podemos comprar un regalo para los nuestros, sencillo, pero con todo el cariño que somos capaces de regalar.
Demos lo que no nos cuesta nada, amor. Compartamos lo que tenemos y hagamos que las personas que están a nuestro lado disfruten de la vida y del nacer de un nuevo día.
Felicidades a todos, por ser, por estar.

martes, 14 de diciembre de 2010

Llora Granada


Llora triste la guitarra, largo lamento por las calles de Granada. El Albayzín se quedó solo, ya se quedó sin voz el barrio moro de la ciudad de la Alhambra.
Afligidos los gitanos, van errantes por si algún quejío se escapó y pueden abrazarlo fuerte, por si Enrique no se marchó, por si están soñando y lo vuelven a encontrar tomando café en El Pasteles.
La voz de la Poesía se ha apagado para siempre. Lorca lo recibirá con los brazos abiertos, para juntos poner el alma y la música allá donde quiera que se encuentren.
La estrella que tanto buscó, iluminará su camino hasta guiarlo a ese “mundo sin mentiras, con menos odio, más clemencia y más piedades”. Desde allí “disipará las nubes negras que nos acechan y abrirá un mundo nuevo sin fusiles y sin venenos”.

El sentimiento se hacía cante, la voz salía de su garganta para derretir las almas, para llegar hasta el corazón de todo el que amara la Música.

No es fácil ser grande y humilde a la vez pero él lo consiguió. Fusionar el flamenco con otros aires, recibir grandes premios y reconocimientos para luego comprar unos zapatos en el “mercaíllo” de la Plaza Larga, reír con sus vecinos, formar una familia y vivir en el barrio que le vio nacer. Ser de corazón grande con los humildes y no olvidar sus orígenes fue su virtud más loable.
Unir la poesía de Miguel Hernández, García Lorca, los Machado, Lope de Vega, Bergamín, San Juan de la Cruz, Guillén o Rafael Alberti con el duende del flamenco fue uno de sus logros.
“Pero ya duerme sin fin...” Porque la muerte es implacable y, dicen las malas lenguas, siempre se lleva prematuramente a los mejores. Ya se lo llevó con ella, para que le cante al oído: “La Alhambra lloraba”
“
Por las gradas sube “Enrique”
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta“
Sé feliz allá donde te hayas ido, no me cabe duda, de que estés donde estés ha comenzado la fiesta.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Luces


Los días se suceden, unos detrás de otros. La monotonía no deja espacio para nada más, cuando las calles se alegran a la fuerza luciendo brillos recortados por la falta de presupuesto, cuando los escaparates lucen llenos de cosas que mucha gente no podrá comprar, cuando el que tiene guarda y el que no tiene añora, cuando la vida quiere seguir como si nada pero la nada lo inunda todo...
Llega la Navidad ya a los grandes almacenes, a las tiendas chicas y grandes, a las casas de mucha gente, al mundo civilizado y católico. Incluso muchos de los que se declaran agnósticos, ateos, a- lo que sea, los que creyeron en Dios y ya no creen, los testigos de Gehová, los que nunca fueron a misa aunque estén bautizados... Casi todo el mundo celebra el nacimiento de un personaje que dicen que realmente existió y del que escribieron sus memorias cada cual a lo que le convino y a partir de ahí se lió la que se lió.
Todos quieren ser felices durante escasos quince días, hacer como si nada, comer como si no lo hubieran hecho nunca, gastar como si sobrara, atiborrar de juguetes a niños que no los quieren, no los usan o quieren otros distintos...
Todo es un sin sentido, todo es un desquicie de locura, todos queremos tener estos días para gastar y ser felices a la fuerza y parecer lo que no somos y comprar lo que no necesitamos.
Es en estos momentos, como en muchos otros, cuando me gustaría desaparecer del mapa, cuando me gustaría esconderme en un rincón apartado del mundo, donde el silencio sólo fuera roto por el ruido de pájaros, donde el aire oliera a primavera, donde no hiciera ni frío ni calor, donde todo estuviera tranquilo y nada sobresaltara mi alma inquieta.
Porque me duele tanto derroche, me duele tanta lucha absurda por no sé qué cosas, porque la gente miente y falsea, no es lo que parece y parece que es lo que no es.
Es en estos días absurdos cuando me gustaría ser capaz de romper con todo y faltar a la cena de Noche Buena y no comprar regalos de Reyes y no celebrar fin de año con doce estúpidas uvas y una carísima botella de Champán, y no hacer como si la vida pasara sin pena ni gloria por las casas de la gente corriente.
Cada día dudo de si pertenezco a este planeta, cada día pienso que soy un alma extraña atrapada en un cuerpo corriente, en una vida corriente...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Vivaldi El Otoño


Preludio de nieve y frío, cuna de hojas caídas y lluvias esperanzadoras, tiempo de membrillos y acerolas, sol velado, vendimia de risas y uvas, sosiego para el alma, descanso para el cuerpo después de días frenéticos de sol y playa.
El otoño es una gran estación, Vivaldi lo refleja con su música de violines, colores ocres, amarillos, naranjas.
Me gusta, el otoño, sus días tranquilos, la vuelta a la rutina, olor a libros nuevos, libretas por estrenar, lápices de colores, mochilas, zapatos gorila, lluvias renovadoras, pies mojados presurosos por la ciudad buscando un café donde ponerse a cubierto mientras pasa el aguacero…
En esta forma de vivir que llevamos, donde no nos fijamos en lo que pasa sin prisa pero sin pausa, los días unos detrás de otros, impasibles, sabiendo que el mundo es así, la vida es así, hagamos lo que hagamos, un día sucede a otro, una estación a otra. Que el mundo avanza y seguimos inmersos en nuestros problemas, en los problemas de los políticos, en la bolsa que sube o que baja, en el sueldo que no nos llega, esto para el que tenga la dicha de tenerlo, la hipoteca, el dinero que no tenemos pero que aún así nos gastamos en las vacaciones… Y mientras, las hojas se caen un año más, la temperatura baja como cada año, el frío empieza a instalarse en nuestras casas y nuestros huesos, los hijos crecen, los padres envejecen, las puestas de sol siguen igual de bellas, los amaneceres igual de esperanzadores, los días en definitiva que significan una oportunidad más para vivir, para fijarnos en lo importante, para crecer, para sentir, para cambiar, para soñar, para ayudar, para amar, para hacer amigos, para cuidar los que tenemos, para ser conscientes de lo que somos, lo que queremos, lo que necesitamos…
A veces, demasiadas veces, no vemos esa oportunidad, porque las letras, los números nos ciegan, las ansias de querer ser lo que no somos así a las bravas, nos impiden ver donde está lo importante, demasiadas veces nos conformamos con ser como los demás quieren que seamos, amoldándonos a una vida que no es la nuestra.
Me gusta el otoño, porque disfruto de todas y cada una de las estaciones del año, gozando lo que hay de bueno cada día, cada mes. Esta vida es un regalo y aunque a veces encontramos dificultades que nos hacen sentir un poco mustios, un poco tristes, debemos sentirnos privilegiados, porque cada día que amanece es una gran oportunidad para cambiar algo en nuestro mundo que nos ayude a seguir adelante.
maría

jueves, 25 de noviembre de 2010

Padres e Hijos



“Solo un 7% de los padres se implica en la crianza de los hijos tanto como las madres”

Es el titular de una noticia de hoy en El País. Me parece significativo en un día donde se habla en todos los foros sobre violencia doméstica.
La madre, trabaje fuera de casa o no, se siente sobrecargada y con la sensación de no llegar nunca e incluso de no estar el suficiente tiempo con sus hijos.
El modelo tradicional en la educación de los hijos sigue siendo el que impera a la hora de criar a los niños.
Con estas cifras se demuestra que no hemos avanzado demasiado. La mujer sigue siendo la que se encarga de casi todo lo relacionado con los hijos, la que educa, lleva, trae, falta al trabajo para llevar al retoño al médico, se levanta por las noches, tenga que madrugar o no, cambia al bebé, le prepara biberones...
El problema empieza cuando, se dice “te voy a ayudar”, “yo ayudo a mi mujer en casa” “yo le echo una mano a mi mujer con los niños”... como si la casa y los niños fueran propiedad exclusiva de la mujer y el marido estuviera ahí no sé muy bien para qué.
Con esta forma de criar, educar a los hijos seguimos marcando a fuego los roles machistas de los que tanto creemos huir pero que nos persiguen en casi todos los ámbitos de la vida.
Si un padre se implica cien por cien en la crianza de los niños, en la cooperación, que no ayuda, de las tareas domésticas, si los hijos ven que ese barco es de todos y que hay dos capitanes, serán niños y a la postre adultos más sanos física y mentalmente.
Los niños necesitan sentirse arropados y amparados por los dos, desde la concepción, saber que son importantes para ambos ser mimados y besados, queridos por las dos personas que le dieron la vida.
No siempre es así, no siempre están ahí, no siempre el padre está dispuesto a dar el todo por el todo por los hijos. Piensa que con ganar dinero para alimentarlo y vestirlo cumple con su función.
No saben estos padres que el alimento del alma en esos primeros años es tan importante como el del cuerpo, no saben, porque no se quieren enterar, que ese alimento será la base para que ese hijos sea un adulto feliz y completo.
El problema, es que cuando se quieren dar cuenta ya es tarde, porque aunque intenten rectificar nunca podrán compensar lo que no hizo y el exceso fuera de tiempo puede llegar a ser tan dañino como el defecto años atrás.
Queremos que se erradique la lacra de la violencia de género, doméstica o como se le quiera llamar, pero seguimos sin gastar demasiado en la Educación no solo de los hijos, sino también de los adultos cuando quieren ser padres.
Es el trabajo más importante que realizaremos en la vida y qué poco nos preocupamos de pre-educarnos antes de tener un hijo.
Siempre hay excepciones que confirman la regla. Ojalá deje de ser pronto una excepción.
maría

lunes, 15 de noviembre de 2010

El ego, la conciencia y el corazón


“Sólo cuando desaparece el Ego y surge la conciencia podemos pensar con el corazón”
Demasiado a menudo nos recreamos en nuestras penas. Pensamos, cuando algo en la vida no nos sale como quisiéramos, que somos los más desgraciados, que la vida nos trata mal, que nosotros somos buenos y merecemos ser felices.
Recrearse en el dolor de una pérdida no es sano. Es sabido que cuando alguien desaparece de nuestras vidas, por cualquier circunstancia, por cualquier avatar, sufrimos. No nos gusta prescindir de lo que consideramos nuestro y con las personas que nos rodean pasa que las sentimos de nuestra propiedad y que nunca deben irse de nuestro lado.
Cuando alguien muere hay que hacer duelo. El tiempo de luto no es ni más ni menos que eso.
Pero pasado ese tiempo la vida ha de seguir, la vida ha de continuar. Flaco favor nos hacemos a nosotros mismos y a los que nos rodean si constantemente nos hacemos los mártires, los más desgraciados.
La vida es ¿maravillosa? No, la vida es lo que es, una sucesión de días con sus noches en los que tratamos de sobrevivir, en los que hacemos lo imposible por ser felices, por estar tranquilos, por sortear lo que nos hace daño, por trabajar en lo que nos gusta, por disfrutar con un libro, por deleitarnos con música, por recrearnos en una comida que nos haga sentir bien, por amar, por sentir la compañía de alguien a nuestro lado, por buscar amigos que nos conforten...
La vida es eso y alguna que otra cosa más. Lo importante es que cuando alguien nos deja sepamos afrontar el hecho y ver si tiene algo de positivo. Aferrarnos a eso y seguir hacia delante, sin mirar atrás, con la ilusión puesta en lo que vendrá, pero sin recrearnos en el dolor de lo que se fue. Dijo alguien, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Y es cierto, siempre es cierto.
Sólo cuando pensamos con el corazón podemos dejar que el que se fue lo haga en paz.
maría